Cuando se trata de Nigeria, los medios de comunicación tienden a abordar sus conflictos sociales como casos de violencia que, según les convenga, atribuyen a dos motivos: religiosos o étnicos. Tal presentación provoca que en nuestro país se considere Nigeria como un lugar caótico y violento, dividido profundamente entre un norte musulmán radical que se dedica a matar a cristianos y un sur cristiano al que sólo le queda defenderse. Y cuando los casos de violencia no pueden analizarse en base a esta división geográfica y religiosa, se evoca la segunda causa preferida por los medios: el odio étnico. Con tal reduccionismo no es de extrañar que exista miedo a viajar y/o hacer negocios con Nigeria. ¡Cuántos son los que siguen pensando que es un lugar lleno de salvajes incapaces de llevar una convivencia social pacífica! Es curiosos cuánto gente me pregunta sobre Nigeria con la intención de confirmar sus prejuicios y se molestan cuando intento refutar el simplismo de su visión sobre este país.
Residí en el suroeste de Nigeria, en un medio yoruba, donde muchas familias convivían en paz y harmonía aunque cada miembro perteneciera a una religión o iglesia. Así, en la familia Ogunniyi, de Oshogo, el padre es musulmán; la madre, católica; el primer hijo pertenece a la Iglesia de los Querubines y serafines; y otros eran pentecostales. No se trataba de una familia única en este aspecto: la sociedad era bastante tolerante con todo tipo de expresiones religiosas. Los conflictos que surgían no eran ni religiosos, ni étnicos, sino puramente económicos. Un sector de la población se empobrecía cada vez más, mientras que los “enchufados políticamente” se enriquecían al mismo ritmo aprovechando las injusticias sociales y el abuso de poder que el régimen de Abacha fomentaba. Y es cuando la gente no tiene nada que perder cuando se rebela contra una injusticia que los envuelve en la espiral de la pobreza.
En mayo de 2012, una delegación internacional de musulmanes y cristianos visitó Nigeria. La visita fue propuesta en respuesta a los numerosos incidentes violentos entre las comunidades religiosas que han afectado la vida de los nigerianos en el período 2000-2012, y la conciencia de que, al menos desde la guerra de Bosnia de 1993-1995, Nigeria es el país en el que la violencia intercomunitaria entre cristianos y musulmanes ha alcanzado dimensiones más preocupantes. La delegación trató de comprender las razones que subyacen bajo tal violencia. Las conclusiones de su estudio fueron publicadas sin mayor sorpresa para los que conocemos la realidad nigeriana, pero no obtuvieron repercusión en los medios nacionales europeos, porque tales conclusiones critican fuertemente las explicaciones simplistas ofrecidas hasta ahora. La verdad no resulta tan interesante como hablar sobre guerras santas o fanatismo religioso o tribal. Hay que tener algún salvaje en algún lado para sentirse más civilizado.
El informe tiene un título bastante descriptivo: “En el Nombre de Dios, informe sobre la crisis y tensiones interreligiosas en Nigeria de la Delegación Internacional conjunta de El Consejo Mundial de Iglesias y el Real Instituto Aal al-Bayt para el Pensamiento Islámico (RABIIT), mayo 2012.” La delegación internacional estaba compuesta de personalidades religiosas, cristianos de diferentes iglesias y musulmanes de diferentes cofradías, y de diferentes países tan vario pintos como Irlanda, USA, Zambia, Chad, Jordania, Tanzania, Kenia, Indonesia y Bosnia. ¿Qué mejor estudio para un problema religioso que eminencias religiosas internacionales? No sé si fueron con la esperanza de dar una solución religiosa al problema de Nigeria, o si se llevaron un chasco cuando vieron que el factor religioso estaba sobre valorado, y que se ha convertido en un instrumento fácil de vender para ofrecer explicaciones simplistas a problemas profundamente complejos de justicia social.
Tras el estudio, la delegación concluye que las principales causas de la actual tensión y conflictos en Nigeria no son básicamente religiosos, sino que más bien “sus raíces residen en una compleja matriz de problemas políticos, sociales, étnicos, económicos y jurídicos, entre las cuales la cuestión de la justicia-o la falta de ella- ocupa un lugar preponderante como factor común”. De hecho, lo que se explica como violencia religiosa o étnica, oculta en su interior la injusticia de grandes desigualdades socio-económicas, donde amplios sectores sociales son discriminados en la distribución de la riqueza nacional y excluidos de servicios sociales básicos tales como la asistencia sanitaria, la educación, el derecho a poseer tierra y el empleo.
Si una gran empresa quiere seguir haciendo negocios en Nigeria en los próximos 20 años debe de malgastar menos en corrupción, que es de hecho lo que alimenta la violencia, y gastar más en responsabilidad social, que reduce el estrés social y laboral. Los empresarios deben entender que no van a ser los políticos, sino sus grupos de interés -proveedores, empleados y clientes- los que le mantengan en el negocio y, sobre todo, lo hagan rentable económica, social y medioambientalmente.
